El día había despertado horas antes con mucha luz, pero a mediodía se había instalado en el cielo un tono grisáceo que advertía a todas las personas que allí confluían. “¿Cómo van los nuestros?”, pregunta el vecino de turno que pasa por allí. El campo le pilla de paso cuando enfila el camino de vuelta a su casa. Dedica un leve gesto de insatisfacción cuando le hacen saber que el partido va con empate a pocos minutos del final. Inmediatamente después sonríe, se despide de las caras conocidas y reanuda su paso.

Yo, mientras tanto, permanezco ajeno a cualquier cosa que acontezca más allá de las líneas de cal que delimitan el terreno de juego. No soy demasiado ducho en lo que a la faceta goleadora se refiere, pero hoy el destino -o el azar- me ha reservado un papel protagonista que quiere que interprete. Todo pasa muy deprisa. De una jugada embarullada nace una situación de peligro que me brinda la oportunidad de chutar a portería. No me lo pienso. Acomodo el cuerpo para imprimirle al Mikasa toda la fuerza posible -no es tarea fácil- y saco un golpeo no del todo limpio pero sí suficiente para batir por bajo al guardameta rival y adelantar a mi equipo en el marcador, lo que supone a la postre la victoria de los franjimorados. No sé hacia dónde dirigirme, no sé cómo celebrar el gol. Mis compañeros corren hacia mí e interrumpen mi bloqueo para fundirnos en un abrazo colectivo. Me invade la euforia y no soy capaz de asimilar lo que he conseguido. No me creo que sea real. Pero sí, ya lo creo que lo es. Es real.

Fue real. Tan real como que en pleno 2015 no necesito cerrar los ojos para recordar con nitidez aquella imagen. Algunos detalles se empeñan en confundirme, pero lo recuerdo todo con tanta precisión que por un momento mi mente se sorprende al reparar en que han pasado más de diez años de aquel momento. Cómo pasa el tiempo, parece mentira.

Ahora echo la mirada atrás y reflexiono sobre esa escena de mi memoria. Me resigno y comprendo que la vida no se ve igual con 21 años que a través de los ojos de un niño de diez. “Qué ridículo”, pienso para mí, y me pregunto si le concedí a aquel gol mayor dimensión de la que realmente tenía. Seguramente sea así, pero no es algo que me preocupe, pues algo tan anodino como marcar un gol puede convertirse en un recuerdo de infancia para guardar con gran cariño, como es mi caso. Narro aquel recuerdo a mis compañeros, que hoy me acompañan en el mismo escenario, el campo de fútbol de Abrantes (o lo que queda de él). Lo relato como si fuese la primera vez, pero a la vez que voy articulando las palabras algo en mi cabeza me hace sospechar que ya he contado esta historia ante el mismo público en otras ocasiones. Prosigo de todos modos y mis amigos me escuchan con complicidad. Sonríen.

Chechu, Jaime, Dani, Borja y un servidor intercambiamos recuerdos y emociones vividas años atrás. Nos reunimos una o dos veces al año y nunca faltamos a nuestra cita con el rectángulo de tierra en el que tantas veces hemos caído para volver a levantarnos. “¿Os acordáis de lo que era jugar en tierra? ¿Y de los balones con los que jugábamos? Duros como piedras….”. Revivimos nuestras infancias. En un rato iremos a tomar unas cervezas a algún bar del sur de Madrid, pero por el momento nos cuesta ponernos en movimiento. Aquí estamos a gusto.

Hoy hace frío y el día es nublado, eso me ayuda a recordar con más facilidad aquella mañana en la que me sentí el jugador más importante del mundo. Cierro los ojos y respiro profundamente por la nariz. Una curva se dibuja en mi rostro. “Sí, era un día muy parecido a este” pienso en voz alta. Me invade la nostalgia. Saboreo el momento. Los chicos y yo estamos aquí de nuevo, donde dio comienzo una intensa amistad que perdura con el paso de los años. En este lugar fuimos -y somos- felices.