Hay quien dice que cuesta más cambiar de equipo que de pareja. No seré yo quien vaya a quitar la razón a dicha afirmación, pues por el contrario estoy absolutamente de acuerdo con ella. Los sentimientos futbolísticos que interiorizan los aficionados y brindan a un club en particular se van fraguando desde la infancia, y eso comporta que la mayoría de adolescentes, una de las pocas cosas que tengan claras en sus vidas, es de qué equipo son.

En el caso de un servidor, la historia no fue distinta. Los colores del Barça penetraron en mí a una edad muy temprana que no sabría concretar. Lo cierto es que, desde entonces, he sido fiel a esa fe, y no me he dejado seducir por otras tentaciones que podrían tratar de modificar el rumbo que tomó mi corazón. Sin arrepentimiento alguno, sin embargo, años más tarde descubrí, y lo más importante, entendí el razonamiento sentimental que hacían hinchadas de otros equipos. Por la causa que fuere, no me afilié a ellos, ni mi razón ni mi corazón me lo permitirían, pero sí he de reconocer que su modo de ver a su equipo sembraron en mí una semilla de respeto, admiración y, hasta cierto punto, un poco de envidia.

 

AQUEL PARTIDO EN MONTJUÏC

Si mi memoria no me falla, mi primera experiencia en campo del vecino, ese rival muchas veces ignorado desde los medios, terminó en empate a uno. Es posible que, en realidad, mi debut se produjese un año antes, pero dado que ese año mi equipo perdió 3-1 aquella noche, es probable que mi subconsciente haya decidido borrarlo de mi recuerdo. Así pues, mi primera reminiscencia en terreno adversario, dejémoslo así, se remonta a una noche de diciembre de 2007. El Barça de Rijkaard se adelantó pronto en el marcador con un tanto de Iniesta, pero Coro igualó el resultado a veinte minutos para el final. De esta suerte, aquel partido terminó en un estallido de euforia para los locales y una decepción para los nuestros. Esa noche descubrí al Espanyol, su filosofía e idiosincrasia.

En ese encuentro experimenté varias sensaciones. La primera, asombro. Había estado varias veces en el Camp Nou, pero el ardoroso ambiente que se vivía en el frío y desangelado Montjuïc, donde cabían la mitad de espectadores que en el gigantesco templo azulgrana, era muchas veces superior al del rival ciudadano. Y eso que aún no había empezado el partido. La segunda emoción que sentí aquella noche fue la de contención. Situado en el lateral del campo, eso es, en el otro lado de la tribuna, algo escorado hacia la izquierda, bastante cerca del césped -fila 12-, estaba rodeado de un sinfín de aficionados que animaban y gritaban sin cesar. Los dos grupos que estaban en los goles -Brigadas Blanquiazules y Curva Jove- eran los que reunían los aficionados más pasionales, aquellos que arrancaban los cánticos del resto de estadio, pero en el lateral la presión era también muy alta, y es que en ese campo los derbis se viven con mucha intensidad en cualquier zona.

La adrenalina recorrió mi cuerpo con el temprano gol de don Andrés. Sentir en tu nuca los centenares, miles de aficionados que hay en tu alrededor, chillando a uno de los tuyos -jugador al que años más tarde homenajearían, por cierto-, y a un equipo al que profesan una antipatía visceral, tuvo, hasta un cierto punto, algo de morbo. Yo ya estaba avisado, allí no valían bromas. Cómo se me ocurriera celebrar un gol, la grada se me echaba encima. Afortunadamente, el festejo de aquel tanto fue interno, y durante el resto de partido no di señales de ser un infiltrado en terreno hostil. El empate de Coro, como pueden imaginar, desató por completo a una hinchada que, literalmente, enloqueció y saltó algunos centímetros de más de lo que un cuerpo humano suele tolerar. El resto de encuentro la intensidad en la grada subió, y el éxtasis final desnudó el sentimiento de rivalidad que los blanquiazules siempre han mantenido y que, muchos azulgranas, parecen haber olvidado. Me dio rabia el empate, como seguidor culé, pero entendí que el que le pone más ganas, pese a ser inferior en lo futbolístico, también merece llevarse una parte del botín.

La Curva Jove anuma sin cesar al Espanyol. (Foto: Diari La Grada)

La Curva Jove anuma sin cesar al Espanyol. (Foto: Diari La Grada)

 

 EROTISMO CAMUFLADO

La segunda noche en Montjuïc de la que tengo recuerdo, varios meses después de la primera, se convirtió sin esperarlo en uno de los partidos más especiales de mi vida. Eran los primeros meses de Pep Guardiola en el banquillo del Barça, y sobre el césped figuraban Henry, Eto’o y Messi, un tridente fastuoso difícilmente repetible. Tres de mis debilidades futbolísticas, por cierto. El caso es que Coro, siempre Coro, puso el 1-0 para los pericos a los veinte minutos de juego. La cordura se esfumó del estadio a medida que el mítico delantero perico avanzaba metros en su celebración. Pocas veces una afición ovacionó y aplaudió tanto un gol como aquel.

No podía ser, me dije a mi mismo, que aquel equipo, un gran conjunto, por cierto, nos volviese a dejar sin victoria, una temporada más. Nos creíamos superiores. Para los nostálgicos, aquel Espanyol alineó a Kameni, Chica, Pareja, Jarque, Sergio Sánchez, Moisés Hurtado, Román Martínez, Nené, Coro, Luis García y Tamudo. Un once muy competitivo y con gran talento, todo hay que decirlo. En ese partido, el sufrimiento fue doble, o compartido, pues fui con uno de mis tíos. Ambos, agazapados, disimulando ser pericos, en una zona del campo francamente hostil. De nuevo, la adrenalina a tope. Toda celebración azulgrana se tenía que reducir a un cómplice golpe de rodilla entre ambos, o a un apretón fuerte de los puños.

Recuerdo que el Barça fue superior en lo futbolístico, pero le costó concretar ocasiones. Pese a empezar perdiendo, supo levantarse y dar la vuelta a un paisaje muy complicado. Messi iba haciendo de las suyas, pero se topó con un descomunal Kameni. La igualada la logró Henry a falta de siete minutos para la conclusión del duelo. El francés aprovechó un malentendido entre el camerunés y Pareja para igualar la contienda. El subidón de ánimo que nos dio a mi tío y a mi fue descomunal. Un suspiro de ilusión recorrió nuestros cuerpos. En el tiempo de añadido, Messi arrancó una conducción por el carril central en la frontal del área, y tras filtrar un pase para Eto’o, éste recibió dentro del área y cayó ante un contacto con Dani Jarque. Era penalti. Mi tío y yo enloquecimos interiormente, y ante la más que airada protesta de los seguidores locales, decidimos levantarnos para acercarnos a la boca de salida del campo. Ocurriera lo que ocurriera, nos iríamos justo después de conocer el desenlace final. El sabor de boca con el que se irían a casa los miles de aficionados presentes dependía de un lanzamiento del 10 argentino. Messi marcó, en el último minuto de juego, el Barça ganó, y mi tío y yo nos fuimos con una emoción erótica e imponente difícil de describir con palabras.

 

MOTIVACIÓN SIN LÍMITES

Los siguientes derbis que viví en campo perico reforzaron mi teoría de que el Barça, desde hace algunos años, ha perdido la motivación que existía hace décadas contra el Espanyol. Ahora los pericos parecen un rival más, y no debería ser así. Hoy el Barcelona gana sus partidos por la calidad de unos jugadores que han costado mucho dinero. Sin embargo, cuando uno ve un derbi barcelonés en directo, desde el campo, la sensación que transmite el partido es que el jugador perico, pese a ser menos dotado técnicamente, es un tipo que ante el Barça da un rendimiento muy superior al habitual. Se crece ante la adversidad. Más de lo que hacen otros rivales de la Liga al medirse contra las estrellas azulgrana. Ellos sí sienten que es un derbi. También es cierto que si no lo vivieran así, el Espanyol saldría escaldado la mayoría de veces. Es puro instinto de supervivencia. Muchos culés no lo entienden, creo que es necesario ir a a un derbi en terreno blanquiazul para comprender la rivalidad barcelonesa desde el punto de vista perico.

Yo lo comprendí perfectamente en los derbis de 2009 y 2010. Ambos terminaron en empate a cero. Aquellos dos partidos fueron los primeros en los que vi temblar y sin ideas a dos jugadores como Piqué o Busquets, dos tipos que prácticamente siempre eligen una buena opción de pase y se distinguen por su acurada precisión en la salida de balón desde atrás. Puede parecer un detalle insignificante, pero aquello me marcó. ¿Cómo podía ser posible que, chicos que habían jugado en campos como el Santiago Bernabéu, Mestalla, San Siro, Stamford Bridge o el Olímpico de Roma, por citar algunos ejemplos, pudieran ponerse nerviosos en Cornellá? La única respuesta lógica que encuentro es que los dos entienden la rivalidad con el Espanyol, la han vivido desde siempre, y saben de la importancia de este duelo.

El ambiente, el escenario, la presión, la tensión, la atmósfera que se vive en los derbis, -desde 2009 ya en Cornellà – El Prat-, es algo excepcional, distinto al resto de partidos. El Espanyol nunca será un rival más para el Barça, y eso los azulgranas deben entenderlo y sentirlo igual. De no ser así, nunca interpretarán correctamente la motivación y las agallas que le echan los jugadores pericos. Yo la admiro, les admiro y les respeto, reconozco que me encanta las ganas que les ponen cuando el Barça les visita, y añoro también algunos de estos intangibles en nuestro equipo. De acuerdo, es cierto que al Barça casi siempre le vale con el talento para sacar adelante los partidos, pero de vez en cuando hay que bajar de la nube y competir de tú a tú con más lucha que brillo. Todo ello, claro, dentro de los límites de la deportividad

Cornellà, en una de sus noches más activas, ante el Barça. (Foto: RCD Espanyol)

 

EL EMPUJE DE LA GRADA

Esos dos empates que consiguió el Espanyol, así como alguna que otra derrota dolorosa para los míos, son fruto, en buena parte, de lo que ocurre en la grada. Estoy convencido de ello. La fuerza del empuje de los aficionados blanquiazules es muy fuerte, hasta el punto que en algunas ocasiones ha llegado a tirar del equipo de forma literal. Volviendo a la temporada 2008-09, la última que jugaron en Montjuïc, recuerdo que el equipo perico estuvo hundido desde la jornada 11 hasta la 33. En casi todo ese periodo, los blanquiazules fueron una sombra, un equipo clínicamente muerto. Parecía imposible levantar aquello, especialmente cuando en la jornada 28, a falta de diez para la conclusión de la liga, el Espanyol estaba a ocho. Hacía falta algo más que un milagro.

Era mi penúltimo año en la escuela, y como tenía ratos libres los fines de semana y el Espanyol puso entradas a cinco euros para que se llenase el estadio, decidí acompañar a un familiar perico. Sinceramente, fui más por el mero hecho de ver fútbol y poder dar garbeos por un estadio como haría un espectador cualquiera, que por esperar alguna remontada perica, algo en lo que pocos creían. Aquellas últimas jornadas, pasarán a la historia del Espanyol y de su afición. Y es que lo vivido en Montjuïc en aquel final de temporada sobrepasó lo racional.

El primer partido que fui a ver del Espanyol, sin el Barça enfrente, fue contra el Deportivo. Iván Alonso y De la Peña pusieron los primeros troncos de lo que sería una auténtica caldera. La calurosa grada, que trataba de arrastrar a su equipo, se encendió con dos goles que empezaban a devolver parte de lo que ésta le estaba dando a los jugadores. Un ánimo vehemente e incondicional es lo que le brindó la hinchada a los suyos. Simplemente no callaban. Fue la primera vez que veía a una afición desenterrar a un equipo cadáver, espolvorear de su cuerpo la tierra sobrante y ponerlo sobre el césped para que volviese a competir. Antes de aquella victoria, el Espanyol apenas había ganado uno de los últimos 19 encuentros. Y fue, caprichoso destino, en el Camp Nou, con un doblete de lo pelat De la Peña.

Tras la victoria ante el Depor, el Espanyol sólo perdió uno de los siguientes nueve partidos, ante el Atlético de Madrid. El resto, ocho victorias y un empate. Indescriptible e inverosímil, desde mi punto de vista, mágico y grandioso, desde la perspectiva de un aficionado perico. Estuve también presente en los triunfos ante el Valencia y el Athletic. Aquel era un equipo con un hambre voraz, que pese a no ser mejor técnicamente que sus rivales, supo competir cuando las circunstancias más lo requerían. El Espanyol se despidió con buen sabor de boca de Montjuïc, hat-trick de Tamudo incluido en la última jornada liguera. Digno de un cuento de hadas. El estreno de Cornellà, que presentó muy buenas entradas en los primeros cursos, se ha ido difuminando, y la presencia en las gradas ha ido languideciendo, tal vez por un aburguesamiento del equipo, que hace ya algunos cursos que no sufre, tal vez porque ahora no se le ofrece algo acorde a lo que pide. El fondo del sentimiento perico, sin embargo, sigue muy adentro de sus seguidores.

Uno de los goles de Cornellà, una tarde de Derbi. (Foto: Diari La Grada)

 

EL DESEO DE TENER AQUELLO

Fue tras aquella mágica temporada para los pericos, la última en Montjuïc, cuando empecé a anhelar ese espíritu para mi club. La ‘mala’ costumbre de ganar siempre hace que en el Barcelona no se disfruten las victorias como se debería. El Camp Nou, me perdonarán los culés, se parece más a un teatro que a un estadio de fútbol. Me cuesta entender cómo entiendo como una afición tan abundante en número como la azulgrana no es capaz de animar sin cesar a los suyos. A un equipo que tantas alegrías ha dado en los últimos años. Son mentalidades distintas, cierto. Radicalmente opuestas. Una, es la de un club más modesto, que se ha acostumbrado al sufrimiento y se va a casa eufórico cuando gana su equipo, con una secreción de adrenalina fuera de lo común si además la victoria se produce en los últimos minutos de juego. Los otros, exigen copiosas victorias labradas a base de exhibiciones futbolísticas. No se pide solamente ganar, con ello no se contenta el soci culé, sino además, el equipo debe hacerlo bien. Pero así, en muchos casos, se termina por no disfrutar de un equipo al que la gente ve, pero con el que no hay un vínculo directo.

En el caso del Espanyol, es la afición la que rema primero y tira del equipo. En el caso del Barça, es al contrario. Sin renunciar a mis orígenes ni traicionar mi ideología, he de admitir que admiro y extraño esa sensación en mi equipo. Pura añoranza de algo que he vivido en casa del vecino. Echo en falta algo más de la rivalidad que se vivía antaño en los derbis en el Camp Nou, eso alimentaría una competitividad muy saludable todos los derbis, que ahora carecen más que nunca del factor sentimental. Los pericos se definen como ‘maravillosa minoría’, yo les describo como ‘ruidosa minoría’. El Barça ha desarrollado y perfeccionado un modelo de juego que ha sido la envidia de muchos otros clubs, que han adoptado detalles de su estilo, pero hay que reconocer que el Espanyol, su afición, también es modélica en algo, su hinchada, y no pasaría nada si algún día, en el Camp Nou, la grada decide ponerse aprender de su vecino y empieza a animar y a sentir su club del mismo modo que lo hacen los pericos.