Existen pocas ciudades en el mundo que respiren tanto fútbol como Buenos Aires. La capital argentina late a ritmo de goles, de brazos agitados en las tribunas de los estadios, de cánticos que se extienden hasta los centros culturales fletados por los clubes donde hacen vida cotidiana los hinchas. Desde los más pequeños, que aprenden a nadar o practican karate, a los más mayores, quienes juegan a las cartas o bailan tango mientras recuerdan tiempos mejores. Todo está relacionado con el deporte rey. Tanto, que incluso los animales caen en el embrujo del fútbol más popular de las grandes ligas.

Corría la década de los treinta cuando las calles de Villa Crespo se habían convertido en un albergue de perros abandonados. No era extraño ver a los vecinos cuidar de los canes como si fueran propios o, incluso, de permitirles la entrada en sus hogares durante aquellas noches en las que la climatología les castigaba. Su habitual presencia había convertido a los perros callejeros de Villa Crespo en los grandes protegidos del barrio.

La presencia de Napoleón en las gradas era sinónimo de amuleto para la hinchada de Atlanta.

Francisco Belón era uno de los tantos residentes de Villa Crespo. Hincha de Atlanta desde su primer contacto con el cuero, lucía orgulloso el número 18 en su carnet de socio bohemio. Belón solía compartir tardes de charlas futbolísticas con Di Bella, quien aparte de ser residente en la zona y su amigo personal, trabajaba como bedel de las instalaciones de Chacarita Juniors, eterno rival de Atlanta y cuya animadversión se remonta a los primeros pasos de ambos clubes en la historia, allá por comienzos del pasado siglo. En una de esas horas de paseo por las calles de Villa Crespo con el fútbol como vehículo de charla, Belón recibió de Di Bella la oferta de hacerse cargo de un perro negro como el carbón. El trabajador  funebrero, como son conocidos los hinchas de Chacarita por el trabajo desempeñado en el cementerio que da nombre al club cuando éste se fundó, lamentó que de no aceptar la proposición, la mascota pasaría a formar parte del extenso clan de perros callejeros. Fue entonces cuando el aquel socio de Atlanta sintió por Napoleón la simpatía que nunca tuvo con el resto de animales.

Cuentan los adoquines de la Avenida de Corrientes, vía principal de Villa Crespo, que Belón sintió la necesidad imperiosa de reeducar futbolísticamente a Napoleón, que había sido criado bajo la atenta mirada del funebrero Di Bella. Por ello, comenzó a llevar a su nuevo amigo al estadio ubicado en la calle Humbolt 470. Fue así como Napoleón se pintó su corazón a rayas azules y amarillas, colores de la camiseta de Atlanta y del collar que le confeccionó Belón con sus propias manos. Tras el alambrado que separaba el terreno de juego de la zona acotada para los espectadores se fraguó la leyenda de un perro que llegó a ser considerado como un hincha más. Corría la banda a la par que los jugadores, ladraba a los rivales para intimidarlos y movía la cola cuando los locales hacían gol. En los descansos, jugaba con la misma pelota con la que se disputaba el partido y con la que llegaba incluso a rematar de cabeza entre los aplausos de los allí presentes.

 

EL NACIMIENTO DEL MITO

La pasión de Belón no entendía de distancias y se desplazaba con el equipo cada vez que Atlanta jugaba fuera de su estadio. Con él, cómo no, viajaba Napoleón con su collar personalizado. A veces a pie, a veces escondido bajo los asientos del automóvil. En una de sus numerosas salidas, Napoleón terminó de conquistar a la hinchada bohemia. Sucedió en Escalada, donde Talleres recibía la visita de Atlanta. Al comienzo del partido, los aficionados locales lanzaron numerosos petardos que hicieron que Napoleón huyera asustado. No se dejó ver en toda la primera mitad. Al descanso, la preocupación de Belón no se limitaba a la pérdida de su fiel amigo, sino que se extendía al resultado de 5-1 en contra de los suyos.

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Napoleón, en su estado actual (Foto: Fabrizio Castro)

Con la calma del ecuador del choque, Napoleón regresó a las gradas donde le esperaba un Belón al borde del llanto. Tras abrazarle y lanzarle un par de veces la pelota para que la rematara de cabeza para jolgorio de la hinchada, comenzó un segundo tiempo que vivió una remontada histórica de Atlanta para igualar el partido a cinco. Cuatro goles en presencia de Napoleón. La gente los celebró con él. Se había convertido en un héroe para la parroquia de Villa Crespo.

Entonces, cuando más mediático se había convertido, sucedió lo que nadie deseaba. Atlanta visitaba a Estudiantes de La Plata y ante la importancia del desplazamiento, varios aficionados cercanos a Belón se reunieron para planificar un viaje en el que pudiera asistir Napoleón. En plena charla, los gritos procedentes del exterior ocasionaron que los reunidos salieran a la calle para conocer lo ocurrido. Allí, en plena Avenida de Muñecas, Napoleón yacía en el suelo atropellado por un vehículo de color negro.

La tristeza invadió a toda la masa social de Atlanta, que acababa de perder a su mascota, a su talismán. Muchos de ellos entendieron que la historia no podía acabar así y tomaron la decisión de que Napoleón continuara presente en el día a día _MG_7253del club de Villa Crespo. Por ello fue disecado con sus dos patas delanteras apoyadas sobre un balón en honor a las tantas peripecias realizadas con el esférico a lo largo de su vida. La pose, todo sea dicho, resulta ciertamente relacionada con su nombre. Francisco Belón, fallecido en 1980, dejó a Napoleón en herencia a su hijo Osvaldo, quien guarda como un tesoro la figura del famoso can.

 

LA MÍSTICA DEL CENTENARIO

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Noticia de la muerte de Napoleón (Foto: Fabrizio Castro)

Concienciado con la historia, Osvaldo hace todo lo que está en su mano para que Napoleón continúe en la memoria de un club centenario como Atlanta: “No vi mejor oportunidad que cuando cumplió 100 años que llevarlo a la cancha. ¡Fue un suceso increíble!. Ese día jugó Atlanta contra River y me llamaron de todas las radios”, afirma emocionado.

Aquel día, como tantos otros, Diego estaba en las tribunas del León Kolbowski. Había crecido escuchando las peripecias de un perro llamado Napoleón. Sin embargo, nunca había tenido la oportunidad de verle a pesar de no haber faltado a una sola cita en años. Entonces le conoció. Firme, negro, con las patas encima del balón: “Siempre fue un perro que, automáticamente, lo lleva a uno a tratar de imaginarse como fue la épica de gloria del Bohemio”, afirma mientras sonríe recordando un pasado mejor lejos de la tercera categoría que hoy ocupa Atlanta.

Cuando River y Boca visitaban a Atlanta, la televisión y las radios nos pedían a Napoleón para hacer reportajes.

Veinte años antes, Fabián Alberto Castro, más conocido como ‘El Pepe’ Castro, tuvo el honor de sacarlo en brazos al terreno de juego. O quizás fuera Napoleón el afortunado teniendo en cuenta que Castro es el jugador más emblemático de la historia de Atlanta: “Lo sacamos en un partido sin importancia para mostrarlo a la gente. Fue una sensación rarísima porque sabía de la historia, sabía que era una tradición y a uno le hace emocionarse’, recuerda el hombre por el que aún siguen tronando las tribunas del Kolbowski.

Hoy Napoleón aguarda en casa de Osvaldo. Tal y como afirma el hijo de Francisco, no siempre convivió a diario con él: “Estuvo un tiempo en la sede del club. Después cambiaron de Comisión Directiva y a mi papá le avisaron que iba a desaparecer de allá”. A pesar de no formar parte del día a día de Atlanta, Napoleón no dejó de estar presente en las grandes citas del club: “Cuando jugaban Boca y River con Atlanta, partidos importantes, nos lo pedían. Venía la televisión y los periódicos a hacerle reportajes”.

Como aquella tarde de 2004 o aquel ascenso de 2010, espera poder volver a celebrar un logro de su equipo. Líder durante gran parte del campeonato pasado, Atlanta perdió el ascenso desde los once metros en los playoff cuando Belón volvía a soñar con exhibir a Napoleón: “Si la cosa viene bien, lo llevo. Eso sí, que la vuelta la den mis hijos y mis sobrinos que yo ya soy mayor”, afirmaba por aquel entonces.

No ladrará, no agitará la cola, pero seguro que hará felices a los miles de hinchas que lo presencien: “Es como un símbolo de guerra de Atlanta. Ahora que tenemos la sede lo voy a llevar al club para que pueda estar en una vitrina”. Así es Napoleón, el Emperador de Villa Crespo.