La Primera Guerra Mundial se llevó muchas vidas por delante. Las historias de grandes héroes y temibles villanos. También innumerables más humildes y comunes. Todo lo común que pueda ser lo que ocurra en un día a día en semejantes características, claro. Incontables historias se perdieron como lo hicieron las cartas en las que trataron de plasmarlas los propios protagonistas.

Muchas otras llegaron.

Pocas, muy pocas transmitieron optimismo. La mayoría de las que lo hicieron fueron un mero intento del emisor de tranquilizar a los suyos. Díficil saber si cumplieron su cometido. Escasas fueron las que portaban motivos reales para alegrar a los insaciables receptores que tan lejos sentían a sus esposos, hijos, hermanos o padres. Dentro de este último tipo de cartas, un buen puñado de ellas se había escrito tras los acontecimientos que ocurrieron en el día de Navidad de 1914.

En Ploegstreet, al sur de Bélgica, se iban acostumbrando a imágenes y situaciones que uno desea no haber tenido que vivir jamás. Ambos contendientes se encontraban a poca distancia. El enfrentamiento directo era el pan de cada día en este rincón de Flandes.

Ya había oscurecido y hacía frío. Aquella cena especial en cualquier lugar del mundo perdía su encanto entre trincheras. Ante tal escena, unos pocos soldados trataron de levantar el ánimo entonando viejos villancicos. Pronto empezó una batalla. Sin embargo no se escuchaban disparos. No eran balas lo que intercambiaban ambos bandos sino canciones. En un momento dado, surgieron gritos de los alemanes. Gritos, una bandera blanca y un puñado de soldados que escalaron los fosos en busca de una pequeña tregua.

Tras las dudas iniciales, los ingleses correspondieron a sus adversarios y salieron a su encuentro. Los saludos precedieron a los intercambios de bromas y comida: ternera y ron por salchichas y coñac. Ambos bandos aprovecharon para devolver los restos de los que habían perecido en las semanas previas en tierra de nadie para darles sepultura.

Pasaron las horas y la tregua siguió vigente. En la mañana siguiente, ya en el día de Navidad, el campo de batalla se convirtió en un campo de fútbol. Los uniformes militares pasaron a identificar equipos. Chaquetas y cascos hicieron las veces de porterías. Rodó el balón.

No todos los soldados que allí había salieron de sus trincheras. El temor a caer en una emboscada les obligó a permanecer en su sitio. Pocos se fiaron del contrario, y lo cierto es que más de uno sacó tajada de lo que se contó durante la trega. Sin embargo, hubo algunos que se contagiaron de la atmósfera. Uno de ellos, el General Walter Congreve, escribió a su esposa explicando todo lo sucedido. “Los alemanes quieren ver cómo han quedado las fotos y se ha acordado otra tregua para Nochevieja”, explicó el oficial en su misiva.

No sucedió. Pocos días después, los tiros a portería se convirtieron en disparos de verdad.

Al contrario de lo que pasó con la propia guerra, el resultado final de este enfrentamiento sería intrascendente. De esto hace ahora un siglo. Cien años y el fútbol no ha cambiado tanto. En multitud de partidos siguen contando más las historias que se mueven alrededor que el marcador del mismo.

Cartas llegadas desde el frente en las que se menciona el partido. | Foto: BNPS.

Ganaron los alemanes 3-2, por cierto.