Absorto,
con la respiración entrecortada
y los ojos en blanco,
gotas de sudor cayendo por todo el rostro y el cuello,
la camiseta llena de manchas de fango…
El momento más feliz de mi vida.

Tumbado en el suelo,
con diez tíos encima mío.
Vicente, Raúl, Javi, Alberto, Fran, Miguel, Álex, Pepe, César y Jorge.
Todos me abrazan, alguno me besa.
Todos son de mi barrio.
Muchos iban a mi colegio, otros al que está tres manzanas más allá
del parque en el que todos jugábamos cada tarde.
Hemos crecido juntos.
Hemos lucido orgullosos los colores de nuestro club
en los barrios más conflictivos de nuestra periférica existencia.
Hemos sido formados por los mismos entrenadores, maestros en la vida primero
y en el fútbol después.
Nuestros padres almuerzan juntos, toman café juntos, se emborrachan juntos…
Y hoy estamos aquí, abrazados en el campo de nuestro vetusto campo de tierra,
con la lluvia cayendo sobre nuestros cuerpos…
El momento más feliz de nuestras vidas.

Cinco minutos antes íbamos perdiendo,
un gol nos daba el empate y con un punto manteníamos categoría.
Tiempo de descuento, córner a nuestro favor.
Jorge golpea el balón para centrar, se queda corto…
nuestras esperanzas se desvanecen.
Pero aquella mañana lluviosa de sábado no nos vería caer
y el destino nos guardaba un guiño de la diosa Fortuna.
El defensa del equipo contrario fallaba el despeje,
el balón quedaba muerto dentro del área,
dando botecitos,
esperando a que alguien lo introdujera en la red.
Dio la casualidad de que quien más cerca andaba de aquel regalo era yo,
un centrocampista fortachón, algo lento y cuya mayor virtud era la visión de juego
que lucía orgulloso el brazalete de capitán y el 3 a la espalda.
Si hubiera tenido tiempo para pensar, probablemente habría errado inexplicablemente
el gol más fácil de toda mi vida.
Demasiada responsabilidad.
Pero no fue así, mi respuesta al estímulo de la pelota botando fue automática:
simplemente la empujé con mi pie derecho.
Gol.
Gol y el éxtasis.
El momento más feliz de nuestras vidas.

Era nuestro último año de juveniles.
A partir de entonces unos jugarían en el amateur,
otros nos centraríamos en intentar labrarnos un futuro
hoy incierto
en la universidad
y algunos saldrían al voraz mercado laboral.
Ya nunca volveríamos a estar juntos, luciendo la misma camiseta,
defendiendo a nuestro barrio.
Pero habíamos conseguido que los chavales que venían tras nosotros,
nuestros primos y hermanos entre otros,
pudieran disfrutar jugando en la misma categoría que lo habíamos hecho nosotros.

Nunca olvidaremos ese momento…
El momento más feliz de nuestras vidas.

*Ilustración de Ferrán Cabezas.