No recuerdo el momento exacto en el que apareció Thierry Henry en mi vida, ni por qué empecé a considerarte un héroe si ni siquiera tenía la oportunidad de verte cada fin de semana. Sólo sé que yo era un niño y que apenas me gustaba el fútbol. Al menos, no tanto como ahora, eso seguro. No disfruté tus goles en Londres (mucho menos en Mónaco y Turín), ni de ese equipo de leyenda que lideraste entre 2003 y 2004; no vibré con esas arrancadas, ni lloré tus fracasos en Europa y eso es algo de lo que me arrepiento años después. Pero bueno, uno se da cuenta de que ha perdido el tiempo –la mayoría de veces– cuando ya es demasiado tarde. Tampoco viví la despedida de Highbury y aquel hat-trick que le endosaste al Wigan en aquel mayo de 2006. Tuve suerte: no fue tarde del todo. Te vi perder una final de Champions League contra el que sería tu equipo y aquel gol de Belletti sigue clavado en mi memoria. Llegaste al Barcelona y a mí se me despertó la curiosidad por el fútbol, esa curiosidad que derivó en el amor desmedido que le tengo ahora.

Zidane consuela a Henry

Zidane consuela a Henry | Foto: L’Equipe

Pero esto no pretende ser un cúmulo de datos estadísticos, un repaso más de tu trayectoria (y sus correspondientes éxitos) o de los inolvidables momentos que has dejado en las hemerotecas. Esto es un intento de introspección, de búsqueda en el baúl de mis razones más profundas; unos párrafos que intenten explicar por qué fuiste tan importante si apenas te vi jugar a lo largo de tu carrera, o por qué sonreí con aquel gol atemporal al Leeds en 2012, cuando regresé a mi infancia durante unos minutos. Esa infancia futbolística que no tuve. Este escrito quiere demostrar la influencia que tuvo en mí ese golpeo con el interior al palo largo que siempre imité, esos controles que siempre intenté y esos cambios de ritmo que mi escasa preparación nunca me permitió realizar. Para bien o para mal, siempre tuve claras mis limitaciones.

Como iba diciendo, yo no era más que un niño en aquella época. Eran tiempos de pocas responsabilidades. Sólo necesitábamos un balón –aunque fuese de plástico (de hecho, la mayoría de veces lo era por dictado de alguna norma estúpida)–, una portería y unos cuantos que se animaran a echar la tarde en el patio del colegio. Elegías a los jugadores de tu equipo por turnos y perdías la cuenta del resultado con bastante facilidad. Y no importaba, porque cuando venían a echaros porque ya era tarde, alguien (habitualmente, del equipo que tenía el balón en ese momento) gritaba: “¡El que marque gana!”, terminando la jugada con una injusta victoria por gol de oro. También teníamos la tradición de elegir cada uno a un jugador. Aquel era el momento de los Nedved, Tacchinardi (juro que un amigo mío eligió serlo durante una época), Del Piero, Totti, Ronaldinho, Zidane, Ballack, Raúl, Shevchenko, Adriano y tantos otros.

“Los buenos llevan el 14” (Axel Torres)

Pero yo elegía ser Henry, yo elegía llevar el 14 a la espalda y yo elegía ser jugador del Arsenal, de aquel Arsenal. Aún hoy, algunos años después y más crecidito, sigo haciendo cada una de esas cosas. No hay edad para emocionarse recordando a un ídolo, porque el paso del tiempo no hace que dejemos de sentir. Y es curioso pensar que me enamoré del Thierry que no llegué a ver, y no del que sí. Pero no hay más que ponerse cualquiera de los muchos vídeos que hay con tus goles y ver cómo la piel se eriza con cada gol, con cada narración. Es una forma de aliviar al nostalgia. porque muchos crecimos viendo cómo alargabas tu sombra y te convertías en la leyenda que, en este 2014 que termina, dice adiós. Dejas el fútbol, pero siempre nos quedarán los recuerdos; los que vivimos, y los que no.

Gracias, Tití.