En la República Democrática del Congo no funciona prácticamente nada. Las carreteras brillan por su ausencia, la mayoría de la población vive en la pobreza, sus corruptos políticos venderían al país por un puñado de dólares. El ejército no es un ejército, más bien grupos de guerrilleros que, en cuanto dejen de cobrar, volverán al paramilitarismo en las montañas. La violencia campa a sus anchas, y son muchos los fantasmas que quedan por vencer en una tierra tan rica en minerales –se calcula que posee 24 trillones de dólares en recursos naturales en su subsuelo, la suma del PIB de China y los EEUU juntos- como falta de prosperidad. Si alguien intenta cambiar esta estructura, lo más seguro es que acabe asesinado en pocos meses. El orden dentro del desorden se asegura de que la situación permanezca igual. Con este panorama, el orgullo colectivo del país está por los suelos, y muy pocas cosas consiguen unir a los congoleños bajo una misma bandera. Quizá él ha conseguido crear una de las pocas excepciones. Se sabe importante y disfruta su fama. Moïse Katumbi, hijo de un comerciante sefardí y una congoleña, es el propietario del TP Mazembe, el club de fútbol más potente del país.

No es ninguna novedad que el fútbol tiene vínculos políticos en prácticamente todos los países del mundo, pero en el antiguo Congo belga esa relación se basa en un gran nivel de dependencia económica del gobierno de turno. El TP Mazembe, gracias a la inversión económica de Katumbi, reverdeció viejos laureles continentales ganando la Champions League africana en 2009 y 2010. Ya habían estado en esa élite… 40 años atrás. Entonces conocido como Englebert FC, el equipo aprovechó el auge del fútbol en el país –rebautizado como Zaire- bajo el gobierno del dictador Mobutu Sese Seko. Mobutu, en plena Guerra Fría, había sido aupado al poder por la CIA por su condición de anticomunista, y soñaba con ser considerado el líder más influyente de todo el continente africano.

Con esa motivación intentó organizar congresos políticos, construyó palacios presidenciales equiparables al lujo europeo y, finalmente, se obsesionó con el deporte. La selección zaireña, con un gran número de jugadores del Englebert, recibió una financiación groseramente abultada en comparación con otros presupuestos del país. La depauperada población zaireña veía como su país se desangraba mientras Mobutu llegó a acumular 5 000 millones de dólares en sus arcas personales. Zaire y Englebert se retroalimentaban del favoritismo de Mobutu, que entregaba sobres con miles de dólares a los jugadores en fiestas privadas si obtenían buenos resultados. Y ambos equipos se desempeñaron bien. Zaire ganó dos Copas de África en 1968 y en 1974, y fue el primer equipo de África subsahariana en participar en un Mundial. El Englebert se proclamó campeón de África de forma consecutiva en 1967 y 1968. El juego duró hasta que Mobutu se cansó. Las tres derrotas en el Mundial de Alemania Federal 1974 condenaron al fútbol congoleño al ostracismo. Para la historia quedó la imagen de Mwepu Ilunga saliendo de la barrera para chutar el balón bien lejos de su portería ante la incredulidad del público. Lo hizo por miedo a recibir un gol que les impediría volver a casa –antes del partido recibieron la advertencia que si perdían por cuatro goles sería mejor que no pisaran el país; acabaron perdiendo 3-0-. Cuando los jugadores volvieron al aeropuerto, nadie les esperaba, solo un grupo de taxistas, después de reconocer a los que fueron sus ídolos, accedieron a acompañarlos hacia la ciudad. Muchos de esos jugadores tuvieron que ganarse la vida como vendedores ambulantes. Ndaye Mulamba, el goleador del equipo, tuvo que huir hacia Sudáfrica durante la primera guerra del Congo (1996-1998) tras una vida de pobreza. El fútbol zaireño pasó a ser el juguete roto de Mobutu, y tanto la selección como el principal club del país lo notaron. De la misma forma que el combinado zaireño pasó de la gloria a la nada, el Englebert recorrió el mismo camino. Hasta la llegada de Katumbi, llevaban 18 años sin pisar la máxima competición continental africana.

Moïse Katumbi. | Foto: AFP.

 

¿QUIÉN ES MOÏSE KATUMBI?

Gobernador de Katanga. Propietario del Mazembe. Multimillonario. Las diferentes caras de Moïse Katumbi le han convertido en uno de los hombres más conocidos y queridos del país. Katumbi hizo fortuna gracias a las abundantes reservas de cobre de Katanga. La zona tiene una historia convulsa que incluye un intento unilateral de separación durante los primeros días del Congo independiente. Esta separación, apoyada por los belgas, les permitiría a los antiguos colonizadores mantener el control económico sobre una de las zonas más importantes del país. El hombre que propició esa separación, Moise Tshombe, colaboró en el asesinato del primer ministro electo, Patrice Lumumba, y acabó exiliado en la España franquista para acabar muriendo en Argel. Mobutu acabó unificando el país por la vía militar. Hoy, el gobernador de Katanga es uno de los hombres fuertes de Joseph Kabila, el presidente de la RD del Congo. Ambos comparten siglas –Partido del Pueblo para la Reconstrucción y la Democracia-, aunque el auge popular de Katumbi esté empezando a crear recelos en Kinshasa: temen que use el crédito que ha ganado entre la población a través del fútbol para presentarse contra Kabila. En su región ha construido hospitales y ha financiado de su propio bolsillo algunas infraestructuras básicas para la población local.

Sin embargo, el origen de su fortuna, así como los contactos de su hermano en el este del país despiertan recelos. Katumbi fue uno de los principales beneficiados de la privatización de la compañía Gecamines, que hasta entonces explotaba los recursos mineros del país. La empresa pasó a ser suya en un 80%. Su entorno familiar no escapa de las tinieblas que condenan al pueblo congoleño, más bien está directamente asociado a sus culpables: su hermano, Raphael Soriano –alias Katebe Katoto- fue descubierto como una de las fuentes de financiación del grupo rebelde CNDP –Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo-, apoyado por Rwanda y culpable de asesinatos, violaciones y saqueos por toda la zona del este del Congo, en las regiones de Kivu norte y Kivu sur –fronterizas con Rwanda-. El historiador congoleño Mbuyi Kabunda, procedente de Kolwezi, en la misma región katangueña, mostró cierta cautela a la hora de valorar el legado de Katumbi: “Su caso es atípico, es una persona que se dedica desde hace mucho tiempo al comercio con su familia. Su región ha mejorado considerablemente, y ha destinado dinero a causas sociales y a inversiones públicas, a temas locales. Si se ocupa de eso, es bienvenido. No es el caso más negativo que nos podamos encontrar, pero hay que ir con cuidado para evitar la concentración de poder excesivo en manos de los ricos”.

Su Mazembe es el claro dominador del fútbol congoleño. Ha ganado siete de los últimos nueve títulos de liga y dos Champions League africanas. Incluso se plantó en la final del Mundialito de clubes del 2010 contra el Inter de Milán, aunque acabó derrotado por 2-0. El sueño de Katumbi es jugar un día contra el Barcelona. ¿Una muestra de su personalidad? El fragmento de un documental titulado ‘El irresistible ascenso de Moïse Katumbi’: en una escena repetida constantemente durante sus paseos por Katanga, un ciudadano congoleño le pide dinero: “Soy muy pobre Moïse, ayúdame”. Después de pensarlo un momento y recibir más explicaciones, Moïse le entrega un fajo de billetes para acabar la escena con una frase lapidaria: “Creo que mi padre escogió bien cuando decidió llamarme Moïse –Moisés-. El tiempo dirá si estamos ante un Berlusconi congoleño o un político que sirva a los intereses reales de su pueblo.

Por Jaume Portell