Cuando se habla del siglo XX hay que hacerlo con sumo cuidado, tacto, sin intentar juzgar (¡qué  difícil parece que es a veces!) y dándole la importancia que merecen dos guerras mundiales como las que se vivieron. Más aún si el protagonista de este relato vivió en dicha época. Pero vaya, situémonos antes de continuar. La historia nos sitúa en Bremen (noroeste de Alemania), año 1923. Nació en el seno de una familia humilde, adjetivo acentuado por la precariedad de la época que se vivía en aquellos tiempos (siete millones de parados, inflación, hambre, pobreza, etc.). Sólo hacía cuatro años de la firma del Tratado de Versalles (28 de junio, 1919) que ponía punto y final a la Primera Guerra Mundial, pero no a sus consecuencias. Las duras condiciones impuestas a Alemania y sus aliados, así como la llegada del Jueves Negro (que desembocó en la Gran Depresión, en 1929), impulsaron el auge del nazismo en los años 30.

“Él (Hitler) entró en escena cuando yo era un niño. La gente esperaba una mejor situación con él porque prometió mejores condiciones de vida, trabajo y algo completamente diferente a lo que había entonces”, comentó en una entrevista para Canal+ España. “Yo por entonces vivía de pedir en la calle y en los comedores comunitarios porque mi padre no encontraba trabajo. No teníamos dinero”, añadió después. Fue quizás esa desesperación y la -comprensible- ausencia de ideales políticos a esa edad, lo que propició que el joven Bernhard Carl Trautmann ingresara en la Jungvolk (Juventudes Hitlerianas, sistema de adoctrinamiento para los jóvenes alemanes) con la visión de que sólo “era una aventura”. Corría el año 1933 y con sus 10 años recién cumplidos, ya destacaba por sus habilidades en el atletismo. Ganó varios torneos locales y fue premiado con varios certificados de excelencia por Paul von Hindenburg, el por entonces, presidente de Alemania.

Deutsche Luftwaffe

Organización de la Luftwaffe (aviación nazi) |Foto: Bild

Pasó tiempo. El novicio creció y se crió bajo la tutela de una dictadura que incitaba al odio, al racismo y a la defensa de unas causas por medios moralmente indefendibles. Pero eso es otra historia. Alemania invadió Polonia, prendiendo la mecha de la que sería la guerra más sangrienta de la historia reciente. Sí, estamos en 1939. Trautmann tiene 17 años y ha estado trabajando como mecánico. Fue entonces cuando decide enrolarse en el ejército, pero no consigue aprobar el examen para intérprete de morse y acaba en la aviación como paracaidista, donde fue destinado a Rusia. Su trayectoria fue tan prolífica que terminó ascendiendo a Sargento y ganando cinco medallas por sus méritos en el frente, incluida la Cruz de Hierro (condecoración militar concedida por su gran hacer en el mando de las tropas o actos de gran valentía durante la guerra).

Preguntarle por esta etapa era ver en su rostro un gesto de aceptación, de resignación y de comprensión absoluta hacia todo lo que ocurrió. “Es erróneo pensar que te ofreces voluntario para matar gente. Intentas defender tu tierra, tu país o como quieras llamarlo”, explicaba para el programa Fiebre Maldini. “Cuando ves la sangre o a gente que pierde un brazo, la cabeza o la pierna, entonces me pregunto por qué me hice voluntario. Me he preguntado muchas veces por qué sigo vivo”, apuntilla respecto a esto. Porque lo más sorprendente es que consiguió salir con vida de todo aquello. Sólo sobrevivieron 90 de 1000 en su regimiento y él fue uno de los que vivió para contarlo. Y además, con una sorprendente calma y memoria.

 

LA PRONUNCIACIÓN INGLESA Y EL NACIMIENTO DE UNA LEYENDA

Todo terminó (y a su vez, volvió a empezar) en 1945, a sólo cinco semanas del final de la Segunda Guerra Mundial. Trautmann fue capturado por tercera vez por el ejército aliado (huyó en las otras dos ocasiones) y, al contrario de lo que se puede esperar, sintió alivio y liberación. “El sentimiento era: ya no puedo ser asesinado. Soy prisionero de guerra y no me puede pasar nada”, manifestó el bremense. Se lo llevaron al campamento 50 de Ashton-in-Markenfield, unas millas al norte de Lancashire (entre St.Helen y Wigan). Allí, el general escocés que lo dirigía empezó a formar un equipo de fútbol que se enfrentaba, de cuando en cuando, a algún equipo amateur inglés. Allí, en un partido ante el Haydock Park, Trautmann se lesionó mientras jugaba como central y pidió ser portero. Allí, Bernd se convirtió en Bert (a los ingleses les costaba pronunciar su abreviatura alemana). Allí empezó todo.

A los tres años de cautiverio, es puesto en libertad. Pudiendo volver a su país a empezar de nuevo, decide rechazar la oferta de repatriación y se queda en Inglaterra. ¿La razón? Allí fue donde empezó a descubrir a las mujeres, el amor, el sexo y todo lo que conlleva (qué os voy a explicar yo, eh). Eliminó, por tanto, toda posibilidad de jugar con la selección de Alemania, quienes sólo convocaban a futbolistas que jugasen en su campeonato. Pero Bert es tan sólo un buen jugador en sus ratos libres. Hasta que, en abril de 1948, un hombre se le acercó para hacerle una prueba. Terminó fichando por el St. Helens Town, equipo regional en el que permanecería el siguiente año y medio. No tardó demasiado en destacar.

El 7 de octubre de 1949, el Manchester City ficha a Trautmann como sustituto de Frank Swift (376 partidos con los skyblues). Además de ser el primer deportista en vestir Adidas en Inglaterra, también causó muchísima polémica entre los habitantes de la ciudad. Unas 30.000 personas salieron a manifestarse, amenazando con boicotear el club si el fichaje germinaba. No querían, bajo ningún concepto, que un exmiembro de la Luftwaffe (aviación alemana que bombardeó el país durante la Batalla de Inglaterra, en 1940) formase parte del equipo. Por una parte era bastante comprensible, puesto que hacía sólo 4 años que había terminado la guerra; por otro lado, el Sr.Altmann (rabino de Manchester) salió a explicar otra postura, quizás más sensata. “No seáis estúpidos. ¿Cómo vamos a culpar a un persona de todo lo que pasó en la guerra? Dejemos que nos demuestre si es buen deportista y disfrutemos de ello”, escribió en un periódico.

Poco a poco, se fue normalizando la situación. De hecho, se podría decir que el gráfico de su popularidad creció año tras año, pese a que siempre quedaba algún aficionado reacio. “Ser soldado me persiguió casi los 15 años que estuve allí. Siempre había algún maleducado estúpido que me seguía llamando nazi después de tanto tiempo”, comentó en este sentido.

Wembley-Stadion-Bert-Trautmann[1]

La acción de Peter Murphy que hizo famoso a Trautmann | Foto: Vebidoo

La cima de su carrera llegaría en 1956 con la consecución de la FA Cup ante el Birmingham (3-1). Pero más que el fondo, es la forma lo que le dio al cuadro los tintes más épicos. A menos de veinte minutos del final, Trautmann salió a por un centro y Peter Murphy le asestó un rodillazo en el cuello, dejándole inconsciente. No podía girar el cuello, pero no existían los cambios por aquella época, por lo que tuvo que acabar el partido. Pese a las circunstancias, realizó tres o cuatro intervenciones y fue el mejor de su equipo aquel glorioso sábado. “Actué de forma inconsciente; era como jugar con niebla. No veía figuras, ni balón, ni nada… No sabía nada; sólo jugué“, aseguró mientras acudía al último rincón de sus recuerdos. El domingo fue al hospital, pero sorprendentemente no le detectaron nada. Mientras tanto, le costaba hacer vida normal. Tendría que esperar al miércoles, a ir al Manchester Royal Infirmary, cuando Mr.Griffith (su cirujano) le explicó que tenía la vértebra axis (la segunda) rota diagonalmente, que la C3 (la tercera) se había colocado justo debajo de ella, y que si eso no llega a ocurrir, habría muerto. Había vuelto a burlar a la muerte.

Tras tres semanas de reposo absoluto, de comer artificialmente y de siete meses de recuperación, volvió a los terrenos de juego. Sin embargo, el destino aún tenía un golpe más que darle: durante la convalecencia, su hijo fallecía atropellado. Jamás se recuperaría del todo. Pese a todo, volvió. Seguiría defendiendo la portería citizen hasta 1964. Tras 508 partidos (en 15 años) a sus espaldas y un homenaje del fútbol inglés, Bert Trautmann se marchaba del Manchester City. Colgaría sus guantes en 1965, jugando en el Wellington Town (Southern League) por £50 el partido, donde sólo disputó dos encuentros y fue expulsado por conducta violenta en el segundo. Nunca más volvió a ponerse bajo palos.

 

LA CALMA TRAS UNA VIDA LLENA DE TEMPESTADES

Tuvieron que pasar más de 40 años para volver a verle. En 2004, recibe la orden del imperio británico por ayudar a que Alemania e Inglaterra estrecharan lazos después de la Segunda Guerra Mundial. Unas temporadas después, el Manchester City le rendía tributo en el Etihad Stadium ante su público.

“Mi hija me llamó y me dijo: ‘Hola papá, ¿te das cuenta de que había 60.000 personas aplaudiéndote, admirándote y queriéndote después de 60 años? Quería gritar… estaba en la grada y quería gritar que ese es mi padre’ – ¿Y por qué no lo hiciste? -’Lo hice, papá…’

El 19 de julio de 2013, el caballero de Bremen fallecía en La Llosa, un pequeño pueblo de 6.000 habitantes de Castellón. Allí encontró la tranquilidad que buscaba tras una vida llena de historias que contar. Tras un año en el que sufrió dos ataques al corazón, el hombre que sobrevivió a una guerra y una vértebra rota, nos dijo adiós definitivamente. Uno de los jugadores más importantes y legendarios en la historia del Manchester City, aquel portero al que temía Bobby Charlton por si le leía la mente al tirar un penalti…“He sido una persona con mucha suerte pudiendo sobrevivir a 5 años de guerra. Estoy contento con todo lo que viví. No necesitas un monumento, no necesitas ser internacional para ser recordado como una buena persona o un buen jugador. No creo que se necesite eso. Yo no lo necesito”, expresó convencido.

“Mi vida, con todos los problemas, las tragedias y los cruces de caminos que he tenido que superar, ha transcurrido de una forma de la que no me arrepiento”, dijo un día el bueno de Trautmann. Una buena frase para despedir un artículo y una vida.

Foto: The Times

Foto: The Times