Tuvo una sensación extraña, como si lo que estaba viviendo no fuese real. Solía ocurrirle en los momentos de catarsis, en los instantes en los que la felicidad le cegaba. El mundo se paraba y detenía su ritmo frenético. Podía sucederle cuando aprobaba un examen importante que no esperaba, cuando besaba a la chica a la que llevaba intentando conquistar durante meses o cuando conseguía entender la letra de esa canción que había escuchado decenas de veces. Eran muchas las situaciones, pero todas tenían un denominador común: todo lo demás dejaba de importar durante un rato. Y añoraba tanto esa sensación…

Entró en el vestuario al tiempo que, su cabeza, ya estaba en la antesala de ese estado. Una de las cosas que más le gustaban era disfrazarse de futbolista: empezar por esos cómodos pantalones cortos; seguir con las medias, -siempre un poco por debajo de la rodilla-; y terminar con la camiseta. Entonces se ponía de pie y creía sentir, también por unos segundos, que valía para esto. Sobre todo, eran las botas lo que le hacían cerrar los ojos y suspirar, imaginándose todo lo que pudo ser. Se veía a sí mismo como uno de esos jugadores de la Conference, como uno de esos héroes anónimos que hacen felices a unos pocos cientos de aficionados cada semana. Nada más lejos de la realidad, pero le gustaba imaginarlo…

Todos el mundo tiene ese algo que ayuda a desconectar del mundo, un refugio en el que protegerse de la lluvia del día a día. Y hace muchos años que él decidió utilizar el fútbol como paraguas. Otros optan por mezclar lágrimas con alcohol (sin hielo) o por escribir unos versos sin rima ni expectativas. Quedar con unos cuantos amigos para pegarle patadas a un balón era, quizás, lo más productivo que podía hacer con esa agonía existencial, antes de que se transformase en autodestrucción. Era simple y suficiente, como un pase horizontal que asegura la continuidad de una jugada inocua. Al fin y al cabo, no siempre se trata de avanzar, sino de sobrevivir al paso de los minutos. 

Terminó de vestirse y enfiló la puerta de salida. Otra de las cosas que adoraba era ese breve paseo hasta el verde. Fuese solo o acompañado, siempre callaba y miraba hacia abajo mientras mecía el balón entre sus manos. Era la calma antes de la tormenta, de su tormenta. Soñaba despierto con que ese sería el partido de su vida, que sorprendería a todos los presentes con alguna genialidad improvisada y que destacaría más que los buenos. Fantaseaba con jugadas imposibles y disfrutaba engañándose, porque sólo así se veía capaz de ser el mejor. Era totalmente consciente de sus limitaciones y lo llevaba con resignación. Al menos, hasta que la pelota echaba a rodar y empezaba la cuenta atrás de su felicidad: una hora y media en la que no importaban las broncas de su padre, la inestable salud de su abuela o la novia que no tenia. Una hora y media que pasa más fugazmente cuanto más rápido late el corazón (como todo, vaya). Era un necesario acto de amor propio.

Fragmento de ‘Mi chica revolucionaria’ (Diego Ojeda)

Jugaban a fútbol 7 porque era complicado organizar a 22 personas, no tanto a 14. A él le gustaba ponerse de central y hacerlo fácil. Ni siquiera exigía ser protagonista de sus propias películas; le valía con estar y aportar, con defender y corregir los errores de los suyos. No quería ser el centro de atención, sino sentirse útil. Le llegaba un balón y la abría a banda. Si surgía la ocasión y lo veía claro, rara vez un pase de cincuenta metros podía convertirse en la asistencia de la tarde. No quería riesgos, sino vivir en su zona de confort y aportar su granito de arena a un bien común intrascendente. Y así pasaban los minutos entre pases planos y pequeños errores que se iba perdonando por cada buena acción. Y así pasaba la vida entre días desperdiciados y trenes perdidos.

Le tenía tal pánico a abandonar su posición por si los rivales hacían daño a su espalda, que pocas veces se le veía cruzar la línea de medio campo o llegar hasta el borde del área. Tenía un buen golpeo con su pie derecho pero no confiaba lo suficiente en ello. Se la jugaba tan esporádicamente, que cuando estaba a punto de anotar un gol o asistir a un compañero, le entraba el vértigo y los nervios le hacían enterrar sus ganas de volver a intentarlo después. Fallaba porque no estaba acostumbrado a intentarlo. Cada error era un mundo por no tener mil más a la espalda. Hasta que un día, cansado de la mediocridad de su conformismo, decidió subir tímidamente a un córner para aprovechar su altura. El balón salió cerrado de la bota de un compañero hacia el segundo palo, donde se encontraba él, dispuesto a mandar callar a sus fantasmas. Su mirada, fija en el balón, no advirtió de que el portero también se lanzó de espaldas para evitarlo. Nadie cedió a tiempo, ni hubo intención de ello.

Tres pitidos intensos retumbaron en su cabeza justo después de caer desplomado al suelo. Final. Se le nubló la vista y todo lo demás fue oscuridad. No tardó en abrir los ojos poco a poco, desorientado y ansioso, por conocer el final de la historia. Sin embargo, sólo vio un techo blanco y algunos rayos de luz que se colaban por la ventana. Los pitidos siguieron acuchillando hasta pasados treinta segundos, cuando detuvo por fin su incesante intento de asesinato. Se sentó despacio y miró el reloj de su mesita de noche: 07:55 A.M., hora a la que se levantaba entre semana. “Entró, el balón entró”, se repitió un par de veces antes de dejarse caer de nuevo sobre la cama de su habitación. “Lo había conseguido, por fin…”, susurró mientras su voz se desvanecía y una lágrima huía de sus ojos. El mundo seguía girando, pero sin él. En ese momento sólo necesitaba seguir durmiendo. En ese momento, nada importaba más que eso.

futbol-llanero

Foto: Especial